martes, 2 de agosto de 2016

LA EXTRAÑA ENTRADA.


"No me quedo otro remedio que vivir como una ermitaña. En el gran mundo me persiguieron, me hirieron y me calumniaron tanto... Y sin embargo, Dios, que ve en mi alma, sabe que jamás le hice daño a nadie."

                                                Isabel de Baviera.

Cuantas veces me planteo hacer lo mismo parece mentira que una plebeya como yo tenga la osadía de suscribir las palabras de la famosa emperatriz. Y hay una gran verdad en la confesión, algo que crea cercanía, porque todas podemos ser artífices de esta frase, parafrasearla, sentirnos ampliamente representadas.

Nací en una familia en donde mi abuela mandaba callar cuando se decía una frase políticamente incorrecta, eso aún sin saber ni leer ni escribir. Misa los domingos, zapatitos de charol pulcramente presentados, catequesis y un tío monaguillo que de tan buena persona los ángeles reclamaron para su cielo antes de tiempo, mi abuelo dejó de creer en Dios, aunque temeroso, a mi abuela le salieron dos nubes azules debajo de sus hermosos ojos grises, y yo no entendía porque no había nadie jugando conmigo a las cartas en la cocina.

La vida continuaba y todos los días tomaba mi autobus en la plaza de santo domingo rumbo al colegio de las dominicas, la madre Amparo me enseñaba a escribir las reglas precisas y me restauraba año tras año mi traje de Sibila.

Luego me exilie con mis padres a la gran ciudad, la madrileña, me llamaban en mi tierra oscense, aprendí a añorar a la ciudad natal, a no faltar a San Lorenzo y su Albahaca, vestir de blanco y verde subiendo en romería a la catedral llena de risas y recuerdos.

En la ciudad se estaba en una especie de soledad multitudinaria, yo no sabía que los autobuses fueran tantos y con tantas numeraciones. Me sabia sola en la habitación creada con comodidades que no tenía nadie pero yo si, la princesa serrana poseía cuanto quería en menos de un minuto, pero...yo hablaba con mi soledad, creyendo en príncipes azules, esos que vienen a rescatarte con la espada, venciendo a los dragones, pero en mi cuento el príncipe no tenía ex-mujeres, ex-novias, ex-amantes, claro que la princesa nunca salía de castillo.

Aprendí a opinar, a criticar, a escribir mal y a ratos, a leer miles de historias, a inventar slogans de los cuales alardeaba llegando casi a un paso de Cibeles, me embutí en la ciudad de las luces eternas, aprendiz de actor y poeta conocí lugares y personajes curiosos al borde de lo que llaman locura, secuestré una barca del retiro con otros cuantos inconscientes...estaba prohibido...éramos felices, nos reimos, bebimos, creamos,. La gente atónita nos calumniaba, nos criticaba, pero la ciudad ya era mía. "Si no puedes con tu enemigo únete a él".

Pero algo fallaba no había en la ciudad ningún caballero andante que se dejará la piel en los molinos, no existía la lealtad de ningún Sancho. Por supuesto los príncipes azules eran un amasijo de colada esperando que alguien la pasará por la lavandería, pero algo era inquebrantablemente cierto, entonces y ahora.."Dios que ve en mi alma, sabe que jamas le hice daño a nadie".

Al final cuando cada uno de nosotros se asome a las puertas últimas, unos pasaran ufanos y no lograran, otros entre los que espero encontrarme asomaran una mano temblorosa y tendrán la felicidad por siempre.






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