lunes, 25 de julio de 2016
TE LO SUSURRO AL OÍDO.
Existía un algo salvaje en sus besos ambiciosos, de pie contra las columnas de un polígono del extrarradio intentaba recomponerse la pintura de sus labios para no caer en la desesperación de los anónimos. Él se acercaba entre latidos a su pecho, se movía rïtmicamente como en un baile de Gárgolas, pocas baldosas más al norte había sentido el dolor del deseo incompleto, las ganas de acariciar sus labios en mordisquitos de virgen blanca se convirtieron en un cola-cao con galletas.
Las mejillas encarnadas de boxear contra su amante, al final siempre había un árbitro que dejaba en tablas su combate, perdiéndose las miradas y las ganas, encerrando en antiguas historias más amantes, aquellas que su mano recorría entre las piernas victoriosas, en un éxtasis dúctil que no se permitía en el presente.
Ella deslizaba por su espalda pequeños, tímidos besos con sabor a caramelo, las manos pintadas de carmesí se aferraban al ritmo de su pubis, muerta de deseo desbocando los unicornios entre sábanas, su amante dormía abrazado a un relicario de su pasado más reciente.
Su pecho expiraba suspiros en la danza burlesca de clítoris absurdos.
Cuando una dama se perfuma espera que el fondo de tu boca se desdiga de cuevas antiguas, cierto que algún espeleólogo ocioso podría calmar su sed en el bosque de Eros cuando la campanada del último reloj de arena anuncie maitines.
Animo descansa conmigo entre mis pechos de campo recién arado sino te despierta el deseo me postraré ante los Efebos de la ciudad prohibida para esperar que esta vez si sea la hierba húmeda de mi nombre la que ponga en jaque al trono intransitable de tu deseo.
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